Sin duda, 2017 está siendo un año de cambios para mí. Cambios internos, profundos y necesarios.
De algunos de ellos hablaré más adelante, cuando haga el balance del año.
Hoy hablaré de mi cambio hacia un estilo de vida más sostenible y ecológico. Como amante de la naturaleza que soy, no sé por qué no me he preocupado antes en cambiar ciertos hábitos en el hogar.
Si a mí hace un tiempo me hubieran preguntado por temas de ecología, la reducción de residuos o la compra a granel, hubiera contestado: ¡Oye, qué yo reciclo, eh!, y me hubiera quedado tan ancha y satisfecha.
Quizás mi escala de prioridades o de valores no estuviera del todo bien ajustada. La buena noticia es que se puede ajustar, que nunca es tarde y que cada pequeño gesto, aunque tardío, puede generar grandes cambios.
Es curioso descubrir cómo un acontecimiento puede cambiar el rumbo de tu vida. La escala de valores da un giro de 180 grados y se ajusta. Lo que antes importaba, ahora carece de sentido. Lo esencial cobra protagonismo y se convierte en un tesoro al que cuidar. Es curioso.
La mayoría de los cambios que estoy experimentando en los últimos meses han surgido a partir de un problema de salud que me impulsó a hacer un cambio profundo en mi alimentación. Eso, junto con el deseo de llevar un estilo de vida lo más saludable posible, me ha llevado a hacerme muchas preguntas, llegar a algunas conclusiones y a tomar decisiones que me están conduciendo a una vida más consciente y comprometida con la naturaleza. Una cosa lleva a la otra y, al final, todo cobra sentido.
Durante estos meses, me he empezado a sentir... diría que aturdida, pero creo que la palabra que mejor lo define es incómoda. Me he sentido incómoda con la cantidad indecente de residuos que se genera a diario en casa. Casi todo lo que se compra, acaba siendo un residuo, generalmente no biodegradable. Desde el cartón de leche hasta el envoltorio de los kleenex. Todo.
Reciclar es un gran paso, pero sólo es la punta del iceberg.
Uno de los orígenes de toda esta locura es el ritmo de vida frenético que llevamos. No tenemos tiempo para nada, y menos aún de cocinar, lo cual genera un alto nivel de consumo de ultraprocesados, comida preparada envuelta en envases de plástico y objetos de usar y tirar. Todos esos residuos no son reutilizables y se acumulan en un lugar del planeta durante años y años, incluso siglos.
Este post de Mamma Proof explica muy bien qué es el movimiento Zero Waste, que consiste en reducir al máximo la producción de residuos, reciclar, reutilizar y revalorizar la mayor cantidad posible de materiales, promover la fabricación propia y el uso de productos que estén diseñados para ser utilizados a largo plazo. No todo el plástico es el demonio.
El movimiento Zero Waste propone la siguiente regla: rechaza - reduce - reutiliza - recicla - haz compost!.
Me queda mucho camino por recorrer y creo que no va a ser un camino fácil, pero como he dicho antes, cada pequeño gesto genera un gran cambio y granito a granito se hace un buen montón.
De momento estos son algunos de los cambios que he empezado a hacer:
• Desde hace algún tiempo compro más en mercados y menos en supermercados.
• Siempre llevo mi bolsa reutilizable en el bolso.
• Invertí en una buena batidora y nunca más he vuelto a tirar fruta madura. Quedan genial en los smoothies.
• Ya he empezado a comprar algunos productos a granel.
• Poco a poco, voy a ir quitando botes de plástico en la cocina y el baño, y voy a empezar a preparar mis propios productos de limpieza y belleza.
• Hervidero de ideas.
• Cualquier cosita es cariño.
• Vivir sin plástico.
Y esta publicación sobre sostenibilidad y comercio ecológico: Re Planet Magazine.
¡Hasta pronto!





Somos muchas las que empezamos a andar siguiendo los carteles dircción zerowaste que mencionas. Qué bien que no estemos solas en el camino
ResponderEliminarVa a ser un camino largo y lento pero estoy segura de que valdrá la pena. Muchas gracias por el comentario y por tu tiempo!
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