Éste es el primer post del año. Estoy volviendo a la normalidad poco a poco, después de mi escapada a Segovia y del temporal de frío y nieve que hemos vivido estos días, me ha parecido apropiado empezar el año hablando del invierno.
Recuerdo que antes lo odiaba. Odiaba su frío, su dureza, sus días grises y su duración. Pero ahora, que he entendido que necesitamos la quietud del invierno tanto como la alegría del verano, que somos estacionales y que tenemos que fluir con el ciclo de la vida, veo el invierno con ojos más bondadosos.
La luz del invierno es especial. Los días se tiñen de una paleta de colores muy limitada, a veces monocromática. El invierno es blanco, gris y ocre y eso, para los amantes de la fotografía, es un regalo.
Me encanta salir a fotografiar los días con cielo gris, casi blanco, captar esa nostalgia y llevármela a casa. Y los atardeceres... los atardeceres de una tarde despejada de invierno son espectaculares.
Disfrutar de paseos matutinos y gélidos con mis bufanda, mi gorro y mis guantes; y respirar esa quietud y esa belleza especial que tiene esta estación.
Me encanta levantarme por la mañana y con una taza humeante de café asomarme a la ventana para ver que todo está blanco y bonito. El invierno me da paz y me invita a reconciliarme conmigo misma, a escucharme más, a mirar hacia dentro.
Para mí, el invierno es lentitud, introspección y recogimiento. Es estar debajo de una manta cálida a la luz de las velas escuchando jazz o leyendo. El invierno para mí es refugio.
¡Hasta pronto!






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